En un mundo sumamente globalizado donde las crisis ya no son vividas únicamente desde el punto geográfico que las sufre directamente, sino que además, el mundo entero conoce las situaciones que se padecen. Desde un punto de vista personal, las crisis son vistas dependiendo del punto de vista que el sujeto las experimente, y además, de cómo la persona las exprese al mundo contemporáneo.

Las crisis dependen, básicamente, de la consecuencia de un hecho en particular que se vive y que trae intrínseco un reto, y efecto, una superación sugerida por la misma crisis, que de no lograrse supondrá una nueva crisis en sí mismo que conlleva a situaciones de soledad, aislamiento y hasta aspectos clínicamente significativos tales como la depresión.

El ser humano conserva una individualidad innegable por lo que cada crisis encierra dos aspectos comprobables: el primero, de la situación en sí; es decir, el duelo, el desencuentro amoroso, la obsesión, y además, los componentes particulares de la personalidad del sujeto, dando así una suma irrepetible y concluyendo en una experiencia de vida única y particular.

¿Qué es lo que hace la vida sea tan diferente entre las personas cuando se comparten las situaciones en común? ¿Es posible que el ser humano se aferre a situaciones de crisis y se incapacite para proseguir? No lo sabemos. Consta de armarse de herramientas adquiridas en el camino, donde cada quién aprenderá de sus experiencias aquello con lo cual no sólo superará la situación en cuestión sino las venideras.

En todo caso, aquello que nos mantiene en contacto con la realidad nace de lo que nos mantiene en vivos, nuestro sentido de la vida. Es este sentido que sostiene el porvenir, nuestras fuerzas y nuevas opciones de vida que parten de esta misma.El pasado es respaldo, el presente es fuerza y el futuro es la energía que nos mueve, siempre y cuando el sentido de nuestra  vida esté descrito para nosotros.