El día de ayer leía un artículo escrito por un colombiano para el Diario El Espectador. Cierto artículo me elevó el pensamiento porque me sentí comprendido. Hoy, pareciera, que es un buen día para escribir. La generación emigrante de Venezuela somos miles de jóvenes, esparcidos por todas partes del mundo. Cuando estudié Psicología, decidí hacer mi trabajo especial de grado sobre Soledad en Emigrantes Venezolanos, sin pensar que yo pronto sería parte de esa misma población. Resulta que quedan tantas cosas las cuales reflexionar en torno a este tema, que nos quedamos escasos. Se nos agota entre las ocupaciones de nuestros respectivos trabajos,  nuestro compromiso de echar pa’lante, de dejar en alto nuestros nombres, de acoger cansadamente comentarios como “¡Qué pesar lo de tu país!”. Resulta que no somos pocos sino toda una generación paciente de una situación que es natural, es decir, el ser humano siempre ha emigrado, pero a decir verdad, es importante analizar como de forma global nos vemos afectados por esta situación.

En el artículo que cité anteriormente, decía el autor que por más que pasaron los años él nunca dejó de sentirse “extranjero” viviendo fuera de su país. Resulta que sí, que lo entiendo porque lo vivo. Porque esta generación sale a la calle todos los días apretando fuertemente, en niveles y formas diferentes, la cultura y el arraigo que nos identifica. Nuestro acento, nuestro desagrado por salsa de piña, nuestro país… Le decía a un amigo que yo pensaba seriamente que las fronteras son imaginarias, tan imaginarias que somos más parecidos de lo que creemos. Pero sin embargo, vivimos en un lugar donde las costumbres son de una forma y esa forma nos caracteriza, queramos o no. He visto los dos extremos, en este lugar de donde estoy (lleno de venezolanos), me ha tocado gente que perdió ya incluso el acento venezolano como gente que exacerba el hecho de ser de otro país. Me pregunto yo hacia cuál de los dos extremos tienden nuestras expectativas. Hasta qué punto pertenecer sin perder nuestra identidad, o bien, hasta qué punto negarnos a adaptarnos.

Es ahora cuando la generación emigrante tiene muchas cosas que observar. Buscando formas de arraigarnos en el nuevo lugar, que al final y con todo respeto, también es nuestro, sin dejar lo que somos… Aunque siempre nos sintamos… extranjeros.