Después de estar 3 años envuelto en un melodrama migratorio, y 2 años 7 meses dentro del mismo, claramente mi visión respecto a la migración, al vivir en otro país, ha cambiado. Como todo proceso en la vida, este me ha costado lágrimas, frustraciones, alegrías y esfuerzos en distintos niveles y momentos de este tiempo viviendo aquí. También, he escuchado y vivido las historias de muchas personas que también emigraron y que gracias a la globalización pude darme cuenta.

Cuando estudiaba, hice mi tesis sobre la Soledad en Emigrantes Venezolanos. Fue un tema que para el 2015 no pensé que me iba a alcanzar como en efecto lo hizo. Hoy puedo entender mejor acerca de lo que escribí y hasta me atrevo a dar una opinión.

Resulta que en un país normal, la gente planifica su migración, aplica a una visa, lleva divisas, etc. En la migración venezolana, no. Cuando llegué a este país, traje $40 y no tenía ni idea de cómo era el Peso Colombiano, tal vez nunca había visto un billete. Tuve que atravesar por un montón de procesos emocionales, legales y laborales para poderme sentir al fin, a gusto.

¿Qué hace realmente que puedas sentirte a gusto tan lejos de tu hogar? Entender que tu hogar eres tú y ,lo que haces con tu entorno. Lo he visto en mi vida, en mis amigos en otros países también. Resulta que por muy mala que haya sido la suerte de mi país (o la decisión de los votantes y políticos a cargo), no podemos –ni siquiera evolutivamente– quedarnos ahí. Si alguna habilidad he tenido que desarrollar estos últimos años ha sido la adaptabilidad (lo que nos hace además excelentes trabajadores). Sí, porque a veces te toca mudarte repentinamente, cambiar de ciudad sin haberlo pensado, depender de decisiones de otros de manera muy determinante, etc. Logras un punto de paz mental en la que definitivamente terminas aceptando el cambio como una oportunidad.

A veces leo muchas publicaciones donde se exalta la cultura de los venezolanos, la Chinita, el Puente, la Gaita, Caracas es Caracas y lo demás es monte y culebra, entre otros. Por algún motivo, al venezolano promedio (gracias al bombardeo inconsciente de melodrama televisado, digo yo), le encanta recordar lo que ya no puede tener. Y es ahí donde hay otra oportunidad. Resulta que esa ausencia de lo que tu consideras tuyo, tu cultura, más que un momento para imponer lo que ya no está, es una oportunidad de acoger nuevas cosas a tu vida. Nueva música, fechas patrias, palabras, etc. Es evolutivo, o te adaptas o te mueres (o sea, devolverte).

El año pasado, luego de estar un año en Colombia, tuve la oportunidad de viajar a Lima, Perú y Santiago, entre otras ciudades de Chile. Obviamente me encontré venezolanos en todas partes, en los aeropuertos, terminales, puestos de comida, etc. Unos sonrientes, otros aparentemente amargados. En dicho viaje, mi intención era vacacionar pero de ser posible, «establecerme» en Chile pues tenía muy buena reputación en el ranking de lugares para emigrar. Al finalizarse los 14 días de vacaciones decidí regresar a Colombia, y a lo que vengo es a que… Al aterrizar en el Dorado (a pesar de no ser fan de Bogotá) me sentí llegando a casa. Tal sentimiento quedó en mi, y a través del tiempo me preguntaba por qué, si esta no es en realidad mi casa, mi casa es en un pueblito de la Rita.

Entendí que, desde un punto de vista psicológico, tu hogar está muy relacionado con tu seguridad, y este país me ha brindado trabajo y seguridad social. Es por eso, que en mi opinión personal, no existe tal cosa de «Se arregló Venezuela, todo el mundo se irá». La generación de emigrantes es una nueva versión de un venezolano globalizado, que se entiende como extranjero dando lo mejor de sí en una cultura diferente a la suya.

Considero que la migración venezolana también esta evolucionando, y lo seguirá haciendo. Pero a la vez, considero que ser abiertos a lo que el país de acogida ofrece, y hacerte parte de este (en una medida coherente) puede ayudarte a una mejor adaptación y por ende, a hacer de ese lugar, tu hogar.

Y tú, ¿has hecho hogar?.